De viatge amb el T-10 de la Bòbila

T-10 és el club de lectura de la Biblioteca la Bòbila que us ofereix plaer i coneixement a partir d'un viatge literari organitzat en deu etapes. L’itinerari del “Club de lectura T-10” combina lectures, tertúlies, còmics, butlletins, xerrades o pel·lícules. És una proposta de 10 excursions lectores, 10 mirades diferents del lloc.

Després dels viatges literaris que hem fet a la ciutat de Nova York, a l'Europa Central, també anomenada Mitteleuropa i a Rússia, al peculiar humor anglès; o a les illes literàries, ens dirigim a la frontera i saltem a banda i banda..., entrem en el cor de la família, a la novel·la llatinoamericana actual, a la part fosca de França i ara a la ciència-ficció. Ens acompanyes?

dimecres, 14 d’abril de 2021 0 comentaris

 

Andrea Víctrix


Andrea Víctrix es la única novela de ciencia ficción escrita por Llorenç Villalonga, y aunque aunque rondó su mente durante años, no la publicó hasta 1972.  El autor se avanza a su tiempo para describir la decadencia y autodestrucción de una sociedad centrada en el hedonismo y el consumismo extremo, que desprecia la cultura y se alimenta con pastillas. A través de diálogos vivos e inteligentes, humor cruel e ironía hiriente, Andrea Víctrix (un ser andrógino, encantador y monstruoso a partes iguales), nos conduce a lo largo del relato para mostrarnos este futuro próximo, basado en el consumismo y la destrucción constante de todo lo que un día conocimos. El protagonista es un  hombre que fue congelado en 1965 y que renace en la Mallorca del año 2050 (llamada ahora Turclub: Club Turístico de la Mediterrània), sin entender cuáles son los referentes y el camino de esta nueva sociedad hiperconsumista y autodestructiva. El narrador es, como Villalonga, un hombre fuera de su tiempo. De hecho, el autor es conocido por sus ideas conservadoras y anhelaba, como el protagonista de su obra, volver a un mundo que ya se había perdido del todo. Con La gran batuda (1968) Villalonga iniciaba su cruzada contra el mundo deshumanizado del futuro, pero será sobre todo en Andrea Víctrix, particular reformulación del universo de Aldous Huxley, donde reflejará con ácido humor esa sociedad tecnológica de la era moderna que tanto lo aterrorizaba. Una sociedad habitada por individuos apáticos y maleables que trabajan de 12 a 16 horas al día para comprar compulsivamente "atomicodomèstics", beben Hola-Hola (una especie de futura Coca Cola) sin control y repiten estúpidamente la fórmula de Einstein  E=mc2 (símbolo supremo de la tecnificación a la que ha llegado la sociedad). En este desolador escenario Turclub es un lugar más parecido a la Metropolis de Fritz Lang que a la isla de la calma que fue alguna vez, un lugar feo y caótico, reducido únicamente a destino turístico y donde el ocio nocturno impera sobre cualquier otra actividad. Un lugar que, no obstante, no desentona nada en un mundo donde la humanidad ya no es vivípara, sino que nace artificialmente en laboratorios a fin de suprimir la familia y todo lo que ella representa (un lastre para el progreso socialista), los sexos se han cuasi unificado, hay una crisis económica cronificada que hace que sobren los electrodomésticos y falte comida, donde se aumentan los salarios a condición de que se compren electrodomésticos para conjurar la desocupación y desechar los viejos (absolescencia programada?), las zonas rurales están vacías (se desprecia el trabajo del campo y todo aquel no tecnológico)a ,la población sobrevive a base de medicamentos y de soma y  la cultura se considera pornogŕafica.
La novela, que fue Premi Josep Pla en el año 1973, es uno de los textos de Villalonga menos conocidos pero no por ello menos interesantes, y forma parte de un género muy poco frecuente en lengua catalana: el de la literatura utópica o, en este caso, literatura distópica. A pesar de ser una obra singular, conecta con el Villalonga de Bearn o Mort de Dama a través de la decadencia que envuelve la sociedad de Andrea Víctrix. A través de la ironía, Villalonga expresa sin disimulo el desprecio, la animadversión que siente hacia la civilización actual, intolerante, impaciente, incivilizada, industrializada...  Su narrador es como él: valeroso, altivo, arrogante, irónico, culto y, sobre todo, se siente extranjero y desarraigado en ese nuevo mundo en el que se ha despertado. Su antiguo oficio de escritor no tiene cabida en esta imparable sociedad capitalista basada en el turismo y la teconología y que no está dispuesta a replantearse nada. Villalonga desprecia su clase aristocrática, pero también el rumbo que ha tomado la nueva sociedad mallorquina, y en Andrea Víctrix expone sin flitros su desencanto con su clase en particular y con el mundo en general... 

dimecres, 10 de març de 2021 0 comentaris


Flores para Algernon


Entre la Ciencia Ficción del siglo XX existen títulos que se han convertido en toda una institución del género, más por lo que tienen de verosimilitud que por lo que tengan de puramente ciencia ficción. Sirva de ejemplo este Flores para Algernón de Daniel Keyes, que en 1959 fue publicado como relato en The Magazine of Fantasy & Science Fiction y en 1966 vio la luz como novela.  Daniel Keyes, adelantándose a su época, nos obsequia con uno de los más apasionantes viajes interiores de la ciencia ficción a través de la historia de Charlie Gordon, un hombre de 32 años que sufre un severo mental y que es propuesto para someterse a una operación que le permitirá aumentar su inteligencia. A un ratón llamado Algernón se le ha sometido a la misma operación poco tiempo antes y sus progresos son altamente esperanzadores, razón por la que él "decide" dar el paso y operarse también. Él mismo va contando su experiencia en su Informe de progresos, de modo que no sólo seremos testigos de lo que cuenta, sino de cómo lo cuenta, porque los cambios que van teniendo lugar en él, en su inteligencia y en su conocimiento sobre  sí mismo y sobre la realidad que le ha tocado vivir, se van reflejando en su forma de escribir. Charlie es operado y su inteligencia comienza a aumentar. Poco a poco va comprendiendo cosas que antes se le escapaban, y esto acabará por convertirse más en una tortura que en la alegría que él esperaba, porque en un momento dado, alcanza un doloroso conocimiento de la realidad que resulta muy difícil soportar, con el consiguiente sufrimiento que ello conlleva. Pero quizá el problema tenga que ver más con el hecho de que, pese a haber logrado un rapidísimo crecimiento racional, su crecimiento emocional no ha ido a la par, con lo que gestionar las emociones (sobre todo el amor hacia una mujer) se convierte en un verdadero suplicio y comportarse como un adulto parece también imposible. 

Flores para Algernón es una novela singular desde el punto de vista del género, la forma narrativa, los recursos, el contenido y el fondo. Se trata de una novela de ciencia ficción, pero en ella no se describen elementos tecnológicos. Su eje principal es la neurociencia, que sirve como excusa para describir un mundo deshumanizado donde las relaciones sociales (explicadas a través de las vivencias de Charlie) son anómalas y despectivas y donde la empatía y  el cariño brillan totalmente por su ausencia . No se nos traslada tampoco al futuro, se nos describe la década de los 50 y la trama permite examinar la sociedad de una época que, en realidad, podría ser cualquier época.  Además, plantea el dilema eterno de si es mejor ser ignorante y feliz o concienciado e infeliz, otra cuestión aplicable a todos los momentos de la historia de la humanidad...

Como conclusión, cabe decir que no sólo cada capítulo es una obra maestra de introspección psicológica (Daniel Keyes estudió psicología antes de dedicarse a lo que de verdad le interesaba: la literatura y la enseñanza), sino que además es tan fácil entender a Charlie e identificarse con él, que el sufrimiento, está asegurado.  Sin duda,  una de las cumbres literarias de la ciencia ficción que ningún lector debe perderse. 

Flores para Algenon tiene una versión cinematográfica (comercializada como  CHAЯLY en 1968 y que fue un éxito de público y crítica), un musical basado en la historia original (llamado Charlie and Algernon y estrenado en 1979) y una versión televisiva del año 2000 (Flowers for Algernon). 
dimecres, 10 de febrer de 2021 0 comentaris


En 1962, el crítico, compositor, libretista, poeta, dramaturgo, guionista, ensayista, cronista de viajes, presentador, traductor, lingüista, pedagogo y, sobre todo, novelista británico Anthony Burguess publicó su obra más famosa, A clockwork orange (La naranja mecánica).  «Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. De buena gana la repudiaría por diferentes razones, pero eso no me está permitido», revelaba Anthony Burgess en 1986, en el prólogo de una reedición de su libro más famoso.
Burgess  había leído «en alguna parte» que sería una buena idea liquidar el instinto criminal empleando una «terapia de aversión», y he aquí el origen de tan distópica historia. Utilizar el condicionamiento conductual para convertir en "buenos" a los individuos "malvados" de la sociedad, era una idea que al autor le horrorizaba en la medida en que anulaba la capacidad de elección consciente de la persona: «Mejor ser un criminal por decisión propia que bueno por lavado del cerebro», aseguró Burgess. Eso es lo que diferencia al ser humano de una naranja mecánica, es decir, de un hermoso organismo con color y zumo pero sin una gota de voluntad. El autor se opuso a esta forma de "violencia legitimada" (la agresión social contra la libertad individual lo es) a pesar de haber sufrido él mismo los efectos de la violencia gratuita: a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuatro desertores estadounidenses, violaron a su mujer embarazada en Londres. Ella perdió el bebé a causa de la paliza recibida y él no escatimó en escenas sexuales desagradables en el libro.

El protagonista de su obra, Alex DeLarge (cuyo nombre hace referencia a Alejandro Magno -Alexander the Great-) reúne tres atributos que Burgess consideraba esenciales en el individuo: emplea un lenguaje elocuente y a menudo inventa palabras, ama la belleza (y la encuentra en la música de Beethoven por encima de todo) y es agresivo. Un antihéroe de 15 años (ladrón, violador y eventual asesino) para el cual el camino correcto siempre estuvo abierto, pero decidió obviarlo hasta la edad adulta. Debe tenerse en cuenta que el manuscrito original constaba de 21 capítulos, pero el agente de Burgess en Estados Unidos decidió suprimir el último, con lo que A Clockwork Orange salió a la calle sin aquel fragmento, una especie de epílogo en el que el protagonista, ya adulto, se aleja de la violencia "por aburrimiento" y siente el impulso de hacer algo creativo con su vida. Kubrick (guionista y director de la versión cinematográfica), adaptó el guión directamente de esta edición, y sólo después supo que existía un final diferente, pero jamás consideró incluirlo. Burgess, por ello, acabó no reconociendo su obra y renegando de ella: tuvo que conformarse con el hecho de que fueran el editor y el director los que decidiesen cómo debía acabar su novela, mostrando al mundo un final que él no reconocía. "Me he pasado buena parte de mi vida haciendo declaraciones de intención y frustración de intención mientras Kubrick y mi editor de Nueva York gozaban tranquilamente de la recompensa por su mala conducta", dijo.

La naranja mecánica atesora dos cualidades que la convirtieron en profundamente innovadora y que hacen que no haya perdido ni un ápice de su fuerza: su vocabulario y su ultraviolencia. El argot inventado por Burgess (el nadsat, una mezcla de palabras de origen ruso, con slang Cockney  y expresiones propias de los niños pequeños) y la violencia que se describe sin concesiones, la convierten en una obra hipnótica y compleja que, si bien fue considerada menor por su propio autor, plantea la cuestión (también controvertida y defendida férreamente por Burgess) de si el mal, siempre que sea elegido, es mejor y más humano que la bondad forzada, determinista y carente de pensamiento (una bondad que a Alex le viene impuesta por la también violenta técnica de Ludovico). El debate, casi sesenta años después, sigue  abierto...  






 
dijous, 14 de gener de 2021 0 comentaris

El hombre en el castillo

 


El hombre en el castillo
 (The Man in the High Castle) es una novela ucrónica de Philip K. Dick publicada en 1962. La ucronía es un género literario que también podría denominarse novela histórica alternativa y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad. En la novela que nos ocupa este mes, nos situamos en Estados Unidos, año 1962. La II Guerra Mundial se ha saldado con la victoria de los países del Eje y ahora el dominio global se reparte entre el gobierno del Tercer Reich y el Imperio Nipón. Ambos bandos han conquistado el territorio de América del Norte y han divido el país en dos zonas de influencia: el este bajo el dominio nazi y el oeste bajo el control japonés. Entre ambos sectores, los estados de las Montañas Rocosas se mantienen neutrales viviendo con relativa y aparente autonomía pero sin ningún tipo de autoridad o ley. Lo más extraño de la historia es un libro titulado "La langosta se ha posado" que genera una ucronía dentro de otra. Éste postula una realidad alternativa en la cual son los aliados quienes realmente ganan la guerra y no las fuerzas del eje.

A través de diversas líneas de acción, Dick nos presenta a una serie de personajes interconectados entre ellos de una forma u otra y nos muestra su vida diaria, mostrando de manera muy clara cómo vive una parte importante de la sociedad americana, tanto la autóctona como la de ocupación. Encontramos personajes americanos, japoneses, alemanes, seguidores del Reich, espías, trabajadores rasos, y gente que no sabe por dónde navega, que no sabe cuál es su papel en este nuevo mundo. Y gracias a todos ellos, es muy fácil entender el estado de ánimo de una población sometida y los problemas morales y existenciales de algunos de los sometedores. La novela tiene el mérito de introducir al lector en una realidad alternativa que se describe de una forma sumamente auténtica, lo que provoca inquietud y desasosiego. Pensar en un orden mundial en el que se ha impuesto el ideario nazi, no puede dejar indiferente a nadie...

Si bien no es la primera obra que trata una versión alternativa de la historia, esta novela prácticamente definió este género de literatura. Ganó el premio Hugo a la mejor novela de 1963 y ayudó a Dick a convertirse en uno de los más conocidos escritores de ciencia ficción de su tiempo. Entre sus novelas, es una de las más centradas en los personajes, y prácticamente no trata temas clásicos de la ciencia ficción que inundan sus otras novelas.

Si os interesa el tema de las ucronías/universos paralelos en el mundo de la ciencia ficción, aquí tenéis títulos variados para investigar a fondo.

dimecres, 9 de desembre de 2020 0 comentaris

El proper dimecres 16 llegirem Un mundo feliz d'Aldous Huxley. Fragments del comentari sobre la obra de Manuel Rodríguez Yagüe, n'ofereixen una bona aproximació.  Un mundo feliz ofrece una inquietante visión del futuro en el siglo XXVI, definido por la ingeniería genética y social.

Dividido en tres partes, el libro nos presenta en primer lugar las generalidades del Estado Mundial, una sociedad que Huxley imaginó tras regresar de un viaje a los Estados Unidos. En el Estado Mundial del año “634 D.F:”, es decir, 634 años después de Ford, no hay guerra, pobreza ni dolor. Y todo ello gracias a la precisa aplicación de la ciencia genética para eliminar cualquier desviación genética entre la población, borrando en el proceso todo aquello que los convierte en individuos dotados de personalidad propia.Es una sociedad homogénea y hedonista que se entrega a la promiscuidad, el uso intensivo de drogas alucinógenas, la felicidad vacía de expresión, el consumismo inducido y el culto al señor Ford ‒símbolo del utilitarismo y el capitalismo más descarnado‒. No existen el crimen, la miseria o la enfermedad, y la medicina ha conseguido una especie de juventud perpetua hasta la muerte que, cuando acontece a los sesenta años, se afronta de forma tranquila y serena en establecimientos diseñados a tal efecto.

Los ciudadanos de este Estado Mundial no nacen, sino que son criados en grandes incubadores.Desde su estadio fetal se les imprimen no solo las características físicas, sino una serie de habilidades y virtudes entre las que se incluyen la obediencia pasiva a la autoridad, el consumismo, el sentimiento gregario y la promiscuidad sexual. Desde antes siquiera de cobrar forma, se les clasifica en castas: los Alfas en el vértice de la sociedad, se encargan de las tareas profesionales; los Betas ocupan posiciones intermedias de mando y los inferiores Gammas, Deltas y Epsilones quedan relegados a los trabajos manuales. La educación se reduce a lo estrictamente necesario para realizar el trabajo que a cada individuo se le asigna en función de su casta genética.

Y es que Huxley imagina una sociedad basada en los principios de ingenieros especialistas: uniformidad e ideología comunitaria taylorista. Frederick Taylor había muerto en 1915, pero su filosofía, el taylorismo, tal y como la entendió y aplicó Henry Ford en la línea de montaje de su famoso modelo T, se convirtió en uno de los iconos de la modernidad tecnológica en los años veinte y treinta del siglo XX.

Las sensaciones de alienación y deshumanización dominan el pensamiento intelectual de la época. El vagabundo interpretado por Charlie Chaplin acaba «procesado» por la cadena de montaje en Tiempos Modernos; Fritz Lang edifica una Metrópolis en la que los obreros son tratados como máquinas y Aldous Huxley retrata la producción en serie de individuos manipulados genéticamente en un mundo en el que Henry Ford es venerado como una figura sagrada y el Interventor Mustafá Mond, al mando de Europa Occidental, simboliza el perfecto industrial.

Lo realmente aterrador de ese futuro es que todo el mundo parece ser feliz. El propio Huxley indicaba en la introducción a una edición posterior: «Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna, por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales Estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela». Ese mismo razonamiento se repite en el texto de la novela: “Y éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social”.

Sin embargo Bernard Max, un Alfa Plus, el más elevado de los círculos sociales, no es feliz ; se siente fuera de lugar, alienado y desgraciado debido a que un fallo en su proceso de clonación le castigó con un físico poco agraciado propio de castas inferiores. Despreciado por sus jefes y compañeros, amargado y resentido, consigue sin embargo el favor de Lenina Crown, una amante circunstancial de la clase Beta, con quien emprende un viaje turístico a las fronteras del Estado Mundial, a una «reserva» de salvajes en Nuevo Mexico.

La segunda parte del libro describe el encuentro de los «civilizados» turistas con un nativo, John el Salvaje, hijo de una mujer del Estado Mundial, Linda, que quedó atrapada en la reserva tras un accidente. Su fragmentaria filosofía vital y nociones de la dinámica social están determinadas tanto por la tribu de indios en la que vive como por un viejo libro con el que su madre, Linda, le enseñó a leer: las obras completas de William Shakespeare. Bernard Marx ve en el joven la oportunidad de mejorar su estatus y credibilidad entre sus compañeros Alfas, así que arregla las cosas para que John y Linda le acompañen a la civilización.

La última parte gira alrededor del choque cultural que provoca la llegada de John al Estado Mundial. Se convierte en una exótica atracción a la que se pasea por salones y fábricas. En este Mundo Feliz, la religión y el arte han sido eliminadas por su tendencia a desestabilizar la armonía comunitaria. El Salvaje, que se ha autoeducado a partir de embriagadores extractos de las obras de Shakespeare, se enamora intensa y destructivamente de la vacua Lenina.La intensidad de las emociones de John lo lleva a la desesperación. Llevado a presencia del Su Fordería Mustafá Mond, Interventor de Europa Occidental, John mantiene con él una conversación que constituye el auténtico clímax de la novela. En ella, mediante razonamientos tan lúcidos como desasosegantes, ambos debaten los méritos relativos de una miseria poéticamente idealizada y la felicidad diseñada científicamente. Tal es la fuerza de los argumentos de Mond, que John no tiene más remedio que aceptar la enorme disociación entre su marco de valores y el, a su juicio, decadente y depravado mundo en el que ahora vive. Nada le quedará ya sino afrontar su inevitable y solitario destino.

Cuando John discute con Mustafá Mond, éste afirma que “Dios es incompatible con la maquinaria, la medicina científica y la felicidad universal” y explica cómo la droga “soma” ha reemplazado al sentimiento religioso: es el “Cristianismo sin lágrimas”.  John responde “No quiero comodidad” ; “quiero a Dios, quiero poesía, quiero auténtico peligro, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado”. Mond sugiere que lo que está haciendo es “reclamar el derecho a ser infeliz” y cuando John lo confirma, aquél le señala que tal derecho también incluye “el derecho a envejecer, ser feo e impotente; el derecho a padecer sífilis y cáncer; el derecho a tener poco que comer; el derecho a sentirse mal; el derecho a vivir en un constante temor a lo que pueda suceder mañana; el derecho a coger el tifus; el derecho a ser torturado por atroces dolores de todo tipo”. Es difícil no admitir que algo de razón tiene.

La sátira aquí es totalmente anfi-freudiana. La definición de Freud de salud mental como la habilidad de trabajar y amar, es caricaturizada en el típico ciudadano del Mundo Feliz, “un ciudadano feliz, duro trabajador y buen consumidor” con acceso ilimitado al sexo.

El otro paralelo de la sátira de Huxley es la Rusia bolchevique. En los años cincuenta, Huxley observó que la dictadura que encabezaba Stalin había comenzado a dejar paso a una forma más actualizada de tiranía y que “el sistema soviético combina elementos de 1984 con elementos proféticos de lo que sucedía entre las castas más altas de Un mundo feliz«. De nuevo, en contraste con el ataque más que evidente de Orwell contra el sistema comunista, el genio de Huxley consistió en seguir la lógica de la ideología comunista hasta sus conclusiones finales.

Resulta sorprendente la fría acogida que esta magnífica obra recibió en Estados Unidos cuando se publicó por primera vez. El motivo es que en ese país la ciencia-ficción estaba viviendo la edad dorada de las revistas pulp y la vertiente más popular del género se definía a menudo a sí misma en contraposición con la ficción de corte más literario.En Estados Unidos se esperaba que una novela de ciencia-ficción transmitiera tanto la cara más optimista de la ciencia como el espíritu de la aventura, el misterio y el romance. Si no era así, quizá la novela pudiera calificarse de literatura, pero desde luego no de ciencia-ficción. Y Huxley ofrecía todo lo contrario al canon pulp: un análisis de todo lo que veía mal en el siglo XX, un sentimiento de pérdida, las consecuencias de la tecnología, el placer vacío, la cultura de masas, la industrialización masiva y el abandono de la espiritualidad… Parece que no bastó que a nivel de ciencia, el británico predijera la clonación, los úteros artificiales, el uso de las drogas con fines recreativos y de control social y los cambios sociales que se derivaban de tales innovaciones.  Por ello, resulta irónico que Un mundo feliz, que no fue publicada como ciencia-ficción, sea hoy una de las novelas de ese género más intensas y famosas de todos los tiempos.

¿Qué ecos podemos encontrar de la novela en el mundo actual? Desgraciadamente, más de los que nos gustaría. La felicidad de Mundo Feliz nos parece distópica no porque elimine el sufrimiento, sino porque suprime el elemento espiritual y en este sentido ¿No ha desplazado el bienestar material a la espiritualidad? ¿O es que mucha gente joven no se mostraría hoy encantada con la idea de una sociedad en la que se viviera hasta edad avanzada, sin enfermedades, con mucho tiempo libre y sexo a discreción? ¿No estarían dispuestos a sacrificar a cambio incluso su libertad? ¿Acaso no sufrimos un continuo bombardeo de mensajes que invitan al consumismo más voraz y de eslóganes que empujan a la corrección política y la uniformidad ideológica? ¿No ha aumentado abrumadoramente la banalización sexual gracias a las nuevas tecnologías, con pornografía a la carta en los canales televisivos e internet? ¿No se ha primado la super-especialización educativa por encima de la cultura general?? ¿No hay grandes porciones de la sociedad que se mantienen a base de sexo, deportes, drogas y televisión, tal y como sucede en Un mundo feliz?

Y lo peor de todo es que, demasiado a menudo, cuando leemos el periódico o vemos las noticias en la televisión, la deformada utopía de Huxley no nos parece tan mal lugar para vivir…


dimecres, 18 de novembre de 2020 0 comentaris

Ray Bradbury

Una breu panoràmica sobre Ray Bradbury en el centenari del seu naixement, ens la dóna Jaime García Cantero al seu article 'Ray Bradbury: el futuro era un arma cargada de poesía':

Verano de 1963. La revista Playboy publica dos entregas sobre las tendencias que marcarían el futuro con el orweliano título 1984 & beyond. Es el resultado de un encuentro con 12 de los más reputados escritores de ciencia ficción. Hombres “cuyos sueños y pesadillas han demostrado ser proféticos”. Entre ellos Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury.

El optimismo inunda sus predicciones. Vuelos interplanetarios y estaciones espaciales para habitar la Luna en los 70 y Venus y Marte en los 80. Robots que realizan los trabajos más pesados y permiten semanas de cuatro días laborables y vacaciones pagadas de tres meses en las que La Luna sería un destino más económico que Australia. Sustancias químicas capaces de potenciar nuestras capacidades cerebrales y “expandir” nuestras posibilidades.Y por supuesto, vida eterna.
Más de 35 años después del horizonte fijado, ninguno de los augurios se ha cumplido. El videoartista Gerard Byrne presentó en la Tate Gallery de Londres una instalación que reconstruía el encuentro. La obra jugaba con la extraña sensación de ver a 12 hombres blancos de mediana edad hacer erróneas conjeturas sobre un futuro que para nosotros ya es pasado. La experiencia quiere reflexionar sobre nuestra visión del futuro y sobre nuestra obsesión por adivinarlo justificando que ya otros lo consiguieron. Por eso en este centenario del nacimiento de Ray Bradbury (1920-2012) leeremos repetidamente que Fahrenheit 451 anticipó la llegada de las pantallas planas, que las conchas que utilizaba la mujer de Montag se parecen a los airpods que Apple presentaría 65 años después o que una universidad japonesa acaba de presentar un prototipo que se asemeja al sabueso mecánico de la novela ... arqueología del futuro para convencernos de que es posible preverlo. El deseo de conocer el porvenir es tan antiguo como el hombre. Como explica Yuval Noah Harari, lo que nos diferencia a los homo sapiens del resto de homínidos es nuestra capacidad de creer en cosas que solo existen en nuestra imaginación. Un potencial que nos permite creer en religiones, naciones o en ese abstracto concepto que llamamos futuro

Pero los avances tecnológicos en los textos de Bradbury son poco más que un McGuffin hitchcockiano. Cómo él mismo afirmó en repetidas ocasiones, no trataba de predecir el futuro, sino de prevenirnos de él. Una Casandra contemporánea cuyas advertencias ignoramos como los troyanos hicieron con el aviso de su princesa sobre aquel majestuoso caballo de madera. Nuestra fascinación por la técnica del futuro parece proporcional a nuestra capacidad de obviar los avisos sobre su impacto, nadie quiere escuchar a Casandra. Por eso, a Bradbury le interesa más la ficción que la ciencia, más la poesía que la tecnología. Por eso sus historias del futuro aplican a todos los presentes.

Bradbury, que no había ido a la universidad, se había formado con ellas. Leyendo durante horas en esas bibliotecas que él, como Borges, adoraba. En una de ellas, con una máquina de escribir alquilada, escribió uno de los más bellos alegatos sobre el valor de esas historias: Fahrenheit 451. “Era un placer quemar”, difícil escapar de la poderosa imagen de los libros ardiendo. Más difícil aún en 1953, cuando el libro fue publicado, solo 20 años después de que la NSDB, la federación nazi de estudiantes, hiciera arder las obras de judíos, marxistas y pacifistas en la Plaza de la Ópera de Berlín y en otras 21 ciudades universitarias en el punto álgido de la «Acción contra el espíritu antialemán» que empezó quemando libros y terminó quemando personas, como escribió Heinrich Heine.
No eran nuevas estas piras en la literatura, pero Bradbury añadió su visión humanista con ese esperanzador final de los hombres-libro y la supervivencia de las historias. Porque lo que aterraba a Bradbury no eran los bomberos, sino que su tarea fuera innecesaria: “Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe".

En 1985, Neil Postman escribía Divertirse hasta morir y planteaba una sociedad en la que, como temía Bradbury, no es necesario censurar libros porque nadie está interesado en leerlos, no es preciso privarnos de información porque hay tantísima que es irrelevante, no hace falta un gran hermano porque todos estamos viendo Gran Hermano. Postman describía el efecto a posteriori de esas advertencias que Huxley o Bradbury hicieron a priori. El efecto adormecedor de las grandes revoluciones culturales del siglo XX, la mayoría de las cuales se enchufaban a la pared: la radio, el televisor y finalmente el ordenador. El ocio había sustituido a la religión como opio del pueblo.

Los tiempos han cambiado desde los 80 de Postman, pero no tanto. Las pantallas se pueden llevar en el bolsillo, en vez de colgarlas en la pared. La primera potencia del mundo la gobierna uno que,como en la distopía de Bradbury, odia leer. En El fuego y la furia, el discutido retrato que Michael Wolff hizo de Donald Trump, el plan favorito del presidente es meterse en la cama a las 18:30 con una hamburguesa con queso a ver simultáneamente los tres televisores de su dormitorio mientras tuitea desde su teléfono móvil.
Hoy no quemamos libros pero nos atrevemos a resumirlos en 280 caracteres de twitter o una foto con filtros de instagram. Y más allá de eso, el dataísmo imperante propone el dogma de los datos como única y absoluta verdad. Las personas y las historias reducidas a una ingente cantidad de datos ignorando esas “variables no numerables” que para Deleuze y Guattari eran el último reducto del diferente. Ya hablaba de datos el Capitán Beatty, perverso jefe de los bomberos pirómanos en Fahrenheit 451,”Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados... Entonces tendrán la sensación de que piensan. Tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices”.

Uno de los relatos de Crónicas marcianas aborda el tema de la censura. Es Usher II. En ella, William Stendahl, experto en literatura, se retira a Marte huyendo de la Tierra donde las obras literarias, cinematográficas y teatrales que tuvieran un tema fantástico estaban prohibidas. Allí construye una mansión idéntica a la de La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe. Cuando todo está listo, Stendahl invita a su nueva atracción a un grupo selecto de los responsables de la prohibición de la ficción: a mitad de la fiesta, robots dirigidos por él comienzan a asesinarlos imitando los crímenes descritos por Poe. Tal vez hoy los enemigos de estos robots defensores de la literatura serían influencers, dataístas, tertulianos televisivos, coachers y directivos de marketing empeñados en crear mensajes simples que construyen esa falsa felicidad del que cree saberlo todo. La manera de vencerlos es seguir leyendo libros, periódicos, revistas o cualquier otra cosa que nos permita seguir haciéndonos preguntas.

Per a saber-ne més de Ray Bradbury, cliqueu aquí (:


dimecres, 4 de novembre de 2020 0 comentaris

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

El proper dimecres 18 de novembre llegirem Crónicas marcianas, de Ray Bradbury en el centenari del seu naixement.
L'article de Rodríguez Yagüe, M. 'Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury' ens ofereix una idea del llibre i del seu univers simbòlic:

No es una novela, sino una recopilación de veintisiete narraciones cortas publicadas entre 1946 y 1950 en diversas revistas especializadas, e hiladas por su temática más que por su continuidad,que refieren de forma dispersa las experiencias de un grupo de colonos terrestres en Marte durante un periodo de 27 años a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Los humanos, enérgicos y curiosos en sus ansias exploradoras, buscan en Marte nuevas oportunidades o una salida a una Tierra cada vez más acosada por los problemas. Los marcianos telépatas, sin embargo, no están dispuestos a darles la bienvenida y a pesar de ser una raza frágil y decadente, consiguen rechazar las primeras expediciones ya sea recurriendo a la violencia o al engaño. Sin embargo, sus días están contados y las enfermedades que portan los humanos acaban con ellos en poco tiempo.

Como el otro gran libro de Bradbury, Fahrenheit 451, Crónicas marcianas es una obra que deja al lector invadido por el pesimismo. Pero, a diferencia de aquél, éste no deja a su conclusión una puerta abierta a la esperanza. Muchos de los personajes se antojan ligeros, amables, incluso absurdos, como el vendedor de maletas que trata de hacer negocio con los colonos deseosos de regresar a la Tierra para luchar en la guerra mundial, o el jardinero que sueña con cubrir de árboles el planeta. Pero entonces el horror y la decepción con nuestra propia especie se filtra por las esquinas. Como dice uno de los personajes: “Nosotros los terrestres tenemos un talento para estropear las cosas grandes y bonitas”. Y, efectivamente, los hombres se las arreglan, voluntariamente o no, para destruir la antigua civilización marciana, sus propias colonias e incluso la Tierra.

El Marte de Bradbury es, como el de Burroughs y Brackett, un lugar ancestral, silencioso, seco… pero habitable por los humanos sin necesidad de equipos especiales. Escritor más de terror y fantasia, Ray Bradbury utilizó sus propios tópicos tradicionales (cohetes, telepatía, robots, viajes temporales, tecnología avanzada, alienígenas, guerras futuras) como herramientas para construir su inocente visión del universo, ajena a la realidad de las leyes físicas o biológicas. Su intención jamás fue la de escribir una ciencia ficción que apuntara a un futuro posible o siquiera verosímil.
Esa falta de rigor fue el motivo por el que el principal editor de ciencia ficción de la época, John W.Campbell, no dio cabida a las historias de Bradbury en su revista Astounding Science Fiction, viendo éstas la luz en publicaciones menos ortodoxas como Planet Stories, Thrilling Wonder Stories, The Arkham Sampler o Weird Tales.

Anteponer el estilo al rigor científico fue una apuesta arriesgada entonces y al principio,no suscitó sino el desinterés de muchos editores y aficionados. Pero su original aproximación encontró amplio eco fuera del ámbito de la ciencia ficción. Cuando en 1950 esos cuentos se ordenaron y recopilaron en formato de libro, el mundo de la intelectualidad, que nunca había estado demasiado interesada en el género más allá de determinados autores europeos, se volcó en alabanzas hacia Crónicas marcianas, impulsando a Bradbury un paso más allá del gueto literario que siempre ha sido la ciencia-ficción y, para muchos, señalando la mayoría de edad de ésta. 

Al fin y al cabo, el estatus de clásico indiscutido de este libro no se debe a su desarticulado argumento ni tampoco a la fuerza de los personajes (puesto que no hay ninguno fijo e incluso algunas historias carecen de ellos). No, su capacidad de pervivencia y fascinación se la debe a su éxito a la hora de encapsular con una gran elegancia lírica el espíritu de la sociedad americana en su época: la ansiedad nuclear, la frustración de un fallido programa espacial y la nostalgia por una inocencia que nunca existió.