De viatge amb el T-10 de la Bòbila

T-10 és el club de lectura de la Biblioteca la Bòbila que us ofereix plaer i coneixement a partir d'un viatge literari organitzat en deu etapes. L’itinerari del “Club de lectura T-10” combina lectures, tertúlies, còmics, butlletins, xerrades o pel·lícules. És una proposta de 10 excursions lectores, 10 mirades diferents del lloc.

Després dels viatges literaris que hem fet a la ciutat de Nova York, a l'Europa Central, també anomenada Mitteleuropa i a Rússia, al peculiar humor anglès; o a les illes literàries, ens dirigim a la frontera i saltem a banda i banda..., entrem en el cor de la família, a la novel·la llatinoamericana actual, a la part fosca de França a la ciència-ficció,Infància i l'adolescència, Al marge: la mirada de l'outsider, Dones i feminisme , Novel·la romàntica. O no... .
I ara, Històrica Ens acompanyes?

dimecres, 18 de novembre del 2020 0 comentaris

Ray Bradbury

Una breu panoràmica sobre Ray Bradbury en el centenari del seu naixement, ens la dóna Jaime García Cantero al seu article 'Ray Bradbury: el futuro era un arma cargada de poesía':

Verano de 1963. La revista Playboy publica dos entregas sobre las tendencias que marcarían el futuro con el orweliano título 1984 & beyond. Es el resultado de un encuentro con 12 de los más reputados escritores de ciencia ficción. Hombres “cuyos sueños y pesadillas han demostrado ser proféticos”. Entre ellos Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury.

El optimismo inunda sus predicciones. Vuelos interplanetarios y estaciones espaciales para habitar la Luna en los 70 y Venus y Marte en los 80. Robots que realizan los trabajos más pesados y permiten semanas de cuatro días laborables y vacaciones pagadas de tres meses en las que La Luna sería un destino más económico que Australia. Sustancias químicas capaces de potenciar nuestras capacidades cerebrales y “expandir” nuestras posibilidades.Y por supuesto, vida eterna.
Más de 35 años después del horizonte fijado, ninguno de los augurios se ha cumplido. El videoartista Gerard Byrne presentó en la Tate Gallery de Londres una instalación que reconstruía el encuentro. La obra jugaba con la extraña sensación de ver a 12 hombres blancos de mediana edad hacer erróneas conjeturas sobre un futuro que para nosotros ya es pasado. La experiencia quiere reflexionar sobre nuestra visión del futuro y sobre nuestra obsesión por adivinarlo justificando que ya otros lo consiguieron. Por eso en este centenario del nacimiento de Ray Bradbury (1920-2012) leeremos repetidamente que Fahrenheit 451 anticipó la llegada de las pantallas planas, que las conchas que utilizaba la mujer de Montag se parecen a los airpods que Apple presentaría 65 años después o que una universidad japonesa acaba de presentar un prototipo que se asemeja al sabueso mecánico de la novela ... arqueología del futuro para convencernos de que es posible preverlo. El deseo de conocer el porvenir es tan antiguo como el hombre. Como explica Yuval Noah Harari, lo que nos diferencia a los homo sapiens del resto de homínidos es nuestra capacidad de creer en cosas que solo existen en nuestra imaginación. Un potencial que nos permite creer en religiones, naciones o en ese abstracto concepto que llamamos futuro

Pero los avances tecnológicos en los textos de Bradbury son poco más que un McGuffin hitchcockiano. Cómo él mismo afirmó en repetidas ocasiones, no trataba de predecir el futuro, sino de prevenirnos de él. Una Casandra contemporánea cuyas advertencias ignoramos como los troyanos hicieron con el aviso de su princesa sobre aquel majestuoso caballo de madera. Nuestra fascinación por la técnica del futuro parece proporcional a nuestra capacidad de obviar los avisos sobre su impacto, nadie quiere escuchar a Casandra. Por eso, a Bradbury le interesa más la ficción que la ciencia, más la poesía que la tecnología. Por eso sus historias del futuro aplican a todos los presentes.

Bradbury, que no había ido a la universidad, se había formado con ellas. Leyendo durante horas en esas bibliotecas que él, como Borges, adoraba. En una de ellas, con una máquina de escribir alquilada, escribió uno de los más bellos alegatos sobre el valor de esas historias: Fahrenheit 451. “Era un placer quemar”, difícil escapar de la poderosa imagen de los libros ardiendo. Más difícil aún en 1953, cuando el libro fue publicado, solo 20 años después de que la NSDB, la federación nazi de estudiantes, hiciera arder las obras de judíos, marxistas y pacifistas en la Plaza de la Ópera de Berlín y en otras 21 ciudades universitarias en el punto álgido de la «Acción contra el espíritu antialemán» que empezó quemando libros y terminó quemando personas, como escribió Heinrich Heine.
No eran nuevas estas piras en la literatura, pero Bradbury añadió su visión humanista con ese esperanzador final de los hombres-libro y la supervivencia de las historias. Porque lo que aterraba a Bradbury no eran los bomberos, sino que su tarea fuera innecesaria: “Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe".

En 1985, Neil Postman escribía Divertirse hasta morir y planteaba una sociedad en la que, como temía Bradbury, no es necesario censurar libros porque nadie está interesado en leerlos, no es preciso privarnos de información porque hay tantísima que es irrelevante, no hace falta un gran hermano porque todos estamos viendo Gran Hermano. Postman describía el efecto a posteriori de esas advertencias que Huxley o Bradbury hicieron a priori. El efecto adormecedor de las grandes revoluciones culturales del siglo XX, la mayoría de las cuales se enchufaban a la pared: la radio, el televisor y finalmente el ordenador. El ocio había sustituido a la religión como opio del pueblo.

Los tiempos han cambiado desde los 80 de Postman, pero no tanto. Las pantallas se pueden llevar en el bolsillo, en vez de colgarlas en la pared. La primera potencia del mundo la gobierna uno que,como en la distopía de Bradbury, odia leer. En El fuego y la furia, el discutido retrato que Michael Wolff hizo de Donald Trump, el plan favorito del presidente es meterse en la cama a las 18:30 con una hamburguesa con queso a ver simultáneamente los tres televisores de su dormitorio mientras tuitea desde su teléfono móvil.
Hoy no quemamos libros pero nos atrevemos a resumirlos en 280 caracteres de twitter o una foto con filtros de instagram. Y más allá de eso, el dataísmo imperante propone el dogma de los datos como única y absoluta verdad. Las personas y las historias reducidas a una ingente cantidad de datos ignorando esas “variables no numerables” que para Deleuze y Guattari eran el último reducto del diferente. Ya hablaba de datos el Capitán Beatty, perverso jefe de los bomberos pirómanos en Fahrenheit 451,”Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados... Entonces tendrán la sensación de que piensan. Tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices”.

Uno de los relatos de Crónicas marcianas aborda el tema de la censura. Es Usher II. En ella, William Stendahl, experto en literatura, se retira a Marte huyendo de la Tierra donde las obras literarias, cinematográficas y teatrales que tuvieran un tema fantástico estaban prohibidas. Allí construye una mansión idéntica a la de La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe. Cuando todo está listo, Stendahl invita a su nueva atracción a un grupo selecto de los responsables de la prohibición de la ficción: a mitad de la fiesta, robots dirigidos por él comienzan a asesinarlos imitando los crímenes descritos por Poe. Tal vez hoy los enemigos de estos robots defensores de la literatura serían influencers, dataístas, tertulianos televisivos, coachers y directivos de marketing empeñados en crear mensajes simples que construyen esa falsa felicidad del que cree saberlo todo. La manera de vencerlos es seguir leyendo libros, periódicos, revistas o cualquier otra cosa que nos permita seguir haciéndonos preguntas.

Per a saber-ne més de Ray Bradbury, cliqueu aquí (:


dimecres, 4 de novembre del 2020 0 comentaris

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

El proper dimecres 18 de novembre llegirem Crónicas marcianas, de Ray Bradbury en el centenari del seu naixement.
L'article de Rodríguez Yagüe, M. 'Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury' ens ofereix una idea del llibre i del seu univers simbòlic:

No es una novela, sino una recopilación de veintisiete narraciones cortas publicadas entre 1946 y 1950 en diversas revistas especializadas, e hiladas por su temática más que por su continuidad,que refieren de forma dispersa las experiencias de un grupo de colonos terrestres en Marte durante un periodo de 27 años a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Los humanos, enérgicos y curiosos en sus ansias exploradoras, buscan en Marte nuevas oportunidades o una salida a una Tierra cada vez más acosada por los problemas. Los marcianos telépatas, sin embargo, no están dispuestos a darles la bienvenida y a pesar de ser una raza frágil y decadente, consiguen rechazar las primeras expediciones ya sea recurriendo a la violencia o al engaño. Sin embargo, sus días están contados y las enfermedades que portan los humanos acaban con ellos en poco tiempo.

Como el otro gran libro de Bradbury, Fahrenheit 451, Crónicas marcianas es una obra que deja al lector invadido por el pesimismo. Pero, a diferencia de aquél, éste no deja a su conclusión una puerta abierta a la esperanza. Muchos de los personajes se antojan ligeros, amables, incluso absurdos, como el vendedor de maletas que trata de hacer negocio con los colonos deseosos de regresar a la Tierra para luchar en la guerra mundial, o el jardinero que sueña con cubrir de árboles el planeta. Pero entonces el horror y la decepción con nuestra propia especie se filtra por las esquinas. Como dice uno de los personajes: “Nosotros los terrestres tenemos un talento para estropear las cosas grandes y bonitas”. Y, efectivamente, los hombres se las arreglan, voluntariamente o no, para destruir la antigua civilización marciana, sus propias colonias e incluso la Tierra.

El Marte de Bradbury es, como el de Burroughs y Brackett, un lugar ancestral, silencioso, seco… pero habitable por los humanos sin necesidad de equipos especiales. Escritor más de terror y fantasia, Ray Bradbury utilizó sus propios tópicos tradicionales (cohetes, telepatía, robots, viajes temporales, tecnología avanzada, alienígenas, guerras futuras) como herramientas para construir su inocente visión del universo, ajena a la realidad de las leyes físicas o biológicas. Su intención jamás fue la de escribir una ciencia ficción que apuntara a un futuro posible o siquiera verosímil.
Esa falta de rigor fue el motivo por el que el principal editor de ciencia ficción de la época, John W.Campbell, no dio cabida a las historias de Bradbury en su revista Astounding Science Fiction, viendo éstas la luz en publicaciones menos ortodoxas como Planet Stories, Thrilling Wonder Stories, The Arkham Sampler o Weird Tales.

Anteponer el estilo al rigor científico fue una apuesta arriesgada entonces y al principio,no suscitó sino el desinterés de muchos editores y aficionados. Pero su original aproximación encontró amplio eco fuera del ámbito de la ciencia ficción. Cuando en 1950 esos cuentos se ordenaron y recopilaron en formato de libro, el mundo de la intelectualidad, que nunca había estado demasiado interesada en el género más allá de determinados autores europeos, se volcó en alabanzas hacia Crónicas marcianas, impulsando a Bradbury un paso más allá del gueto literario que siempre ha sido la ciencia-ficción y, para muchos, señalando la mayoría de edad de ésta. 

Al fin y al cabo, el estatus de clásico indiscutido de este libro no se debe a su desarticulado argumento ni tampoco a la fuerza de los personajes (puesto que no hay ninguno fijo e incluso algunas historias carecen de ellos). No, su capacidad de pervivencia y fascinación se la debe a su éxito a la hora de encapsular con una gran elegancia lírica el espíritu de la sociedad americana en su época: la ansiedad nuclear, la frustración de un fallido programa espacial y la nostalgia por una inocencia que nunca existió.


dimecres, 21 d’octubre del 2020 0 comentaris

Úrsula Leguin : l'autèntic viatge és el retorn

Úrsula K Le Guin va néixer a Berkeley, Califòrnia, el 21 d'octubre de 1929, filla de l'antropòleg Alfred L. Kroeber (autor d'un bon nombre de treballs essencials sobre les tribus indígenes de Califòrnia i la costa nord-oest d'Estats Units), i de l'escriptora Theodora Kroeber Quinn (a qui es deuen dues cròniques sobre un dels últims supervivents de les poblacions autòctones nord-americanes, ambdós de 1961). Des de la primera infància, tant Úrsula com els seus germans Clifton, Ted i Karl van escoltar els contes que el seu pare havia recol·lectat de les tribus del nord de Califòrnia, i es van nodrir amb els mites i llegendes que la seva mare estimava, procedents de totes les cultures.

La família vivia en una casona de fusta en Berkeley i passava els estius a una granja de la vall de Napa. “Durant la segona guerra mundial”, recorda Le Guin, “tots els meus germans van ingressar al servei militar i els estius en la vall es van tornar solitaris, únicament els meus pares i jo en la vella casa. No hi havia televisió llavors; una vegada al dia enceníem la ràdio per a escoltar les notícies de la guerra. Aquests estius de solitud i silenci —una adolescent vagabundejant pels pujols, sense companyia, sense ‘res a fer'— van ser molt importants per a mi. Crec que va ser llavors que vaig començar a fer-me una ànima.”

Una de les seves primeres trobades decisives va ser amb l'obra de Rudyard Kipling, de qui va aprendre el que serà l'essència mateixa de la seva pròpia escriptura: “Kipling és capaç de contar una història en quatre o cinc nivells simultanis”, comentarà després. El taoisme també seria essencial per a la seva visió del món. 

Le Guin va aprendre a escriure als cinc anys i en la seva formació, va tenir la sort de trobar suport i solidaritat de família i amics. “Quan era jove, els pocs escriptors grans que vaig conèixer em van animar, i els escriptors que conto ara com amics són gent generosa amb un fort sentit de comunitat. Em mantinc lluny dels escriptors que consideren l'art com una competència per a assolir fama, diners, premis, etcètera. El que importa és el treball”.

La seva educació, eminentment acadèmica, la va dur a interessar-se per la lectura i l'escriptura, i als 11 anys va enviar un manuscrit a la coneguda revista Astounding Science Fiction, que va ser rebutjat, però el fet ens dóna una idea de l'embranzida creativa que ja es gestava en la ment de Úrsula. Va ingressar en l'Escola Radcliffe de la Universitat d'Harvard, en la qual es va graduar en l'any 1951; posteriorment va assistir un any a les classes de la Universitat de Columbia, en la qual va fer un postgrau de llengües romàniques.

En tots els registres de l'escriptura de Úrsula Le Guin són evidents els seus interessos fonamentals: taoisme, anarquisme, feminisme, antropologia i sociologia.

El seu univers no és un reducte escapista, sorgeix d'un profund compromís (tant humanista com polític, social i cultural) que permet situar la seva literatura en el punt més àlgid de l'experiència humana: les seves novel·les són veritables simfonies que examinen, com en molt pocs casos, l'ampli ventall de les contradiccions (però també de les possibilitats) de les persones.

Le Guin ha creat una obra silenciosa i estentòria. Silenciosa perquè no juga el joc dels sorolls quotidians ni es presta a la faràndula de l’èxit fàcil i el best-seller (el que no contradiu la seva enorme celebritat en cercles cada vegada més amplis ; la seva obra, traduïda a setze idiomes, conta amb centenars de milers de lectors). Estentòria perquè bé pot trobar-se en ella la saviesa i profunditat que tant falten en el nostre temps. 

És en aquest sentit que també en aquesta obra reposa l'única resposta vàlida a si existeix o no una literatura femenina: existeix si no es proposa a priori com a tal ; si va més enllà de totes les barreres genèriques i si hi inclou una mirada capaç de disseccionar les contradiccions de la civilització i llençar-los la llum del coneixement ancestral, en consonància amb aquesta declaració de principis: “La realitat és un peix fugisser que de vegades només pot ser atrapat en una xarxa d'encisos, o amb l'ham de la metàfora” (Les claus de l'aire, 1996).

En 1988, l’escriptor Slawek Wojtowicz li pregunta: “Si pogués triar un lloc i un temps per a viure, quan i on seria?” Le Guin respon: “Seria aquí i ara. Per què? Perquè aquests són el meu temps i el meu espai, i el meu ‘ésser' està ara i aquí. Crec que el fet que en aquest aspecte no podem triar és molt interessant, i extremadament important”.

Aquesta “gran dama” de la fantasia i la ciència ficció completa una de les carreres més variades d'aquests gèneres: des de la poesia fins als llibres infantils i els assajos. Al llarg de la seva activitat com escriptora, ha guanyat diversos premis Hugo i Nebula, i va ser guardonada Gran Mestra per l'Associació d'escriptors Nord-americans de ciència ficció i fantasia (SFWA), la primera dona en assolir-ho. 

S’ha dit en nombroses ocasions que seria mereixedora del Premi Nobel de Literatura sinó fos perquè les editorials i els crítics han catalogat la seva obra dins del gènere marginal de la “ciència ficció”, “fantasia” o “juvenil”.

En 1958 ella i A. Le Guin, amb qui s'havia casat a París en 1953, es van establir en Portland, Oregon, a una casona victoriana situada en Thurman Street, a la riba de Forest Park —una reserva ecològica en la part nord-oest de la ciutat—, des d'on es gaudeix d’una esplèndida vista del Mount St. Helens. Mig segle més tard hi continua vivint —bé podria dir-se irradiant- des d'allà.

Article basat en l'entrada del bloc de Terraxaman.




dimecres, 14 d’octubre del 2020 0 comentaris

El nombre del mundo es bosque, d'Úrsula Le Guin

El proper dimecres 21 llegirem El nombre del mundo es bosque de Úrsula Le Guin.

Los daños ya causados eran irremediables, pero al menos no se volverían a cometer.

Athshe o Nueva Tahíti es un mundo compuesto por agua y por bosques. de la misma especie de árboles y vegetales de los que se encuentran en la tierra ya que fueron trasladados para repoblar el planeta,tras mucho tiempo de explotarlo. En la Tierra ya no queda ningún árbol y la necesidad de madera hace que se establezca allà una colonia de extracción. En teoría, todo está pensado y medido para que tanto el trabajo ‘voluntario’ de los nativos como la deforestación sean controlados y no se llegue a la explotación. Sin embargo los nativos, - el pueblo Crichi, unos humanoides de un metro de alto con pelo verde que viven en los bosques -  son explotados de diversas maneras hasta que la revolución prende de la mano de Selver, uno de los protagonistas.
El nombre del mundo es bosque es una dura crítica a la colonización y la explotación de lo que vive y crece en la tierra, sea humanoide o vegetal y, a la vez, profundiza en los diferentes perfiles y actitudes del ser humano. Para nosotros, la novela  ha resultado ser una utopía y distopía a la vez: por un lado, la sociedad crichi es utópica antes de la llegada de los invasores. Una sociedad matriarcal y de ancianas, donde la mujer lleva la política y las relaciones entre aldeas, mientras que los hombres se encargan del mundo de los sueños y los augurios ; no hay una estructura centralizada de poder e impera el principio de no violència: no hay guerras, ni conflictos y los asesinatos y agresiones son inexistentes. Aunque cada aldea tiene unas características particulares y rasgos específicos, todas viven con ciertos elementos comunes y en buenas relaciones, sin caer en centralismes ni jerarquías de poder. Asímismo, los crichis viven entres las raíces de los árboles en perfecta simbiosis con la naturaleza, y mentalmente son bastante elevados ; consiguen controlar el sueño lúcido.
Esta situación se rompe con la llegada de los colonos humanos, el elemento distópico, que establecen un reparto del territorio para su explotación y emplean a los crichis como voluntarios, eufemismo de esclavitud en todos los niveles. Estos humanos, salvo Davidson, que encarna valores misóginos y colonialistas, muestran diferentes posturas y maneras de enfrentarse a la situación. Destaca Raj Lyubov el antropólogo, que intenta comprender a los crichi e incluso se hace buen amigo de Selver.
A partir de este punto de vista multiperspectivo, Le Guin nos adentra en los dilemas internos de los personajes frente a temes como el ecologismo, colonialismo, explotación de diversas índoles y una visión de la mujer humana instrumentalizada, en muchas ocasiones. En este sentido, la época de la redacción del libro, así como parte de sus temáticas, lo vincula a las teorías postcolonialistas de la década de los ochenta.
La ecología no obstante, es uno de los grandes temas, y la denuncia de la sobreexplotación de recursos que terminan por agotar los sistemas ecológicos terrestres, y que ávidos de más, los terrícolas necesitan colonizar otros mundos sin llegar a plantearse realmente cuál es el problema. Pero aún más profundo es el aspecto de entender la ecología como las redes existentes entre los nativos y la naturaleza, que forman parte todos de un ecosistema delicado y frágil donde la modificación de uno de sus elementos, desequilibra el resto y reparar el desastre,si es posible, tardará décadas.
En relación con los tiempos que vivimos, la obra es plenamente actual debido al problema medioambiental que afecta a nuestro alrededor a causa del crecimiento desaforado del capitalismo. Es una novela que no envejece, sino que, por desgracia, sigue teniendo vigencia. Por otro lado, el colonialismo sí podríamos sentirlo más alejado a nosotros, pero si miramos con cuidado, nos damos cuenta de que el nuevo colonialismo que estrangula las sociedades no es tan directamente violento,aunque no por ellos sus resultados son  más amables.
Pero ahí está lo bonito de la fantasía y la ciencia ficción: la capacidad de la metáfora y de presentar las cosas de diferente manera para provocar reflexión ; pero no una reflexión contemplativa, sinó de sublevación y revolución: nos impele a hacer algo, a cambiar las cosas.

Comentari basat en l'article de Fernando Moya.


dimecres, 7 d’octubre del 2020 0 comentaris

Nova etapa del Club de Lectura T10

T-10, el club de lectura de la Biblioteca la Bòbila, us ofereix  aquesta temporada 10 excursions lectores, 10 mirades diferents a propòsit de la Ciència ficció.

Coordina: Ana Tenllado

* Properes lectures:

. El nombre del mundo es Bosque de Ursula K. Le Guin, dimecres 21 de octubre a les 19h

. La naranja mecánica d'Anthony Burgess, dimecres 18 de novembre a les 19h

. Un mundo feliz d'Aldous Huxley, dimecres 16 de desembre a les 19h

* Més informació: cal inscripció prèvia ; hi ha 20 places. Els llibres es llegeixen entre gener, febrer, març, maig, octubre i novembre de l'any en curs i el següent.

dimarts, 2 de juny del 2020 0 comentaris

"Soy el último escritor vivo del siglo XIX" Pierre Lemaitre

Fragments de l'entrevista d'Elena Hevia per a El País del 9 de març de 2019 ens presenten molt be Pierre Lemaitre:

"Una novela, Nos vemos allá arriba, hizo despegar en el 2013 a un autor desconocido, el francés Pierre Le Maitre, un oscuro profesor de literatura que hasta los 56 años, tan solo había publicado un puñado de buenas novelas policiacas. El libro sobre las consecuencias de la Gran Guerra conectó a la perfección con un público amplio con el añadido del prestigioso Goncourt, un Goncourt ‘legible’ como lo definió la crítica no sin malicia y acabó siendo película.
Le Maitre degustó el éxito y ahora desde el sur de Francia en Arlés, ciudad próxima a la tranquila residencia a la que se ha retirado huyendo del bullicio de París, habla de la segunda entrega de su trilogía, Los colores del incendio (Salamandra / Bromera), una historia coral y picaresca ambientada en la Francia entre 1927 y 1933, en la que no faltan traiciones, chantajes, corruptelas económicas y políticas. Le Maitre, vehemente e irónico, asegura llevar la profesión y el éxito con una tranquila madurez.  Emulando a Mae West asegura: “He probado el éxito y el probado el fracaso y lo tengo la menor duda, es mucho mejor el éxito”.

- ¿Cuándo empezó a escribir Nos vemos allá arriba tenía claro que esto iba a ser una trilogía?
Fue cuando la terminé más bien. Había sido tan placentero y tan prometedor desde el punto de vista novelesco que sentí que tenía que continuar. Fue entonces cuando decidí hacer una trilogía que, ya tiene título, Los hijos del desastre.

- Y entonces se remontó a los clásicos, a Balzac.
Sí, me gusta mucho ese planteamiento como de rompecabezas en los que los distintos libros son una pieza y el conjunto compone un paisaje. De ahí que el personaje principal de esta novela, Madeleine, sea secundario en la anterior. De todas formas, si la escogí a ella como protagonista, es porque el resto de los personajes fallecieron al final de la novela.

- De todas formas, el modelo más claro de Los colores del incendio es El Conde de Montecristo y su venganza. Aquí la justiciera es una mujer a la que un banquero, un político de la familia y un periodista, dañan y arruinan.
Sí, el modelo narrativo es Alejandro Dumas y con él he querido hacer un homenaje a la literatura del siglo XIX. Yo como Obelix me caí en la marmita de esa literatura, la de Balzac, Dumas, Sue, Stendhal, Maupaussant. Crecí en ella de una forma natural. Soy el último escritor vivo del siglo XIX.

- ¿No le plantea ningún problema escribir en el siglo XXI con el modelo del XIX?
No porque estoy sincronizado con mi tiempo, sigo la actualidad me interesa lo que ocurre en el mundo. Además no se si se ha dado cuenta pero en esta novela hay características del Nouveau Roman.

- Perdone pero no veo experimentación por ninguna parte.
Hay una cadencia en las escenas en las que en una misma frase se traslada el punto de vista de un personaje al punto de vista de otro. Eso es algo que hizo Diderot en el siglo XVIII y que Michel Butor recuperó en los años 60.

- De todas formas, con su literatura popular, ¿pensaba usted desde el principio en un lector muy amplio?
Yo escribo mis libros y si luego conectan con el público, perfecto, pero no tengo la menor intención de agradar. Lo que me mueve es una necesidad de contar una historia.

- En su novela casi todos los personajes tienen en mayor o menor medida un punto de mezquindad.
No lo siento así. Necesitaba personajes con contrastes muy marcados por aquello que decía Hitchcock que cuanto peor sea el villano mejor será la película. Y además está aquella frase de Cocteau que dice que para que los dioses se diviertan es necesario que los héroes caigan desde muy arriba. Esto es lo que he hecho. He elegido a una heroína en los años 30,  un momento no demasiado favorable a los derechos de las mujeres, y la he hecho caer. Si eres una mujer en esa época es inevitable que vayas a sufrir no tanto por la maldad de los hombres sino porque su comportamiento natural era la dominación.

- Tanto en Nos vemos allá arriba como en esta novela hay dos personajes con minusvalía física. ¿Es una obsesión?
La he tenido siempre, el protagonista de mis novelas policiacas también es un hombre que sufre, un hombre que no ha crecido.

- ¿Hay algo más profundo en ello? Creo que su padre también acabó en una silla de ruedas.
Así es. Quizá por eso sea el punto de partida de todas mis ficciones. Pero ya me he cansado, estoy decidido a que ese fantasma personal no aparezca en mi próxima novela, ‘Espejo de nuestros sufrimientos’, que ocurrirá en los primeros años de la segunda guerra mundial y con la que se cerrará la trilogía.

- Es inevitable leer su novela sin pensar en las resonancias que el periodo de entreguerras con sus pufos económicos, el ascenso del fascismo y la corrupción política tienen en el presente.
Pero eso ocurre siempre en todas las épocas. Si yo hubiera escrito un libro sobre la construcción de las pirámides seguro que alguien diría que el faraón de mi novela es igualito a Emmanuel Macron. Y es que de hecho yo creo que Macron si tiene un carácter faraónico.

- El faraón enfrentado a las insubordinaciones populares.
Sí, me da un poco de vergüenza decir que los apoyo, pero es que encuentro legítima esta revuelta. El poder ha querido desacreditarla haciendo pasar a los chalecos amarillos por violentos, antisemitas y extremistas de derecha e izquierda. Yo solo veo a gente que lleva más de 30 años humillada y que lo único que quieren es ser reconocidos.

Per a saber-ne més.
dimarts, 5 de maig del 2020 0 comentaris

Recursos inhumanos, de Pierre Lemaitre

el proper dimecres 13 de maig, a les 19h, llegirem Recursos inhumanos de Pierre Lemaitre la trama de la qual, donades les circumstàncies, resulta rabiosament familiar. El comentari que en fa Javier ens sembla molt bo i apropiat:
—Entonces… ¿es seguro ese puesto de trabajo?
Habría dado los años que me quedan de vida para no tener que responder, pero ningún dios vino en mi ayuda. Me quedé solo ante la inmensa esperanza de Nicole, ante sus ojos como platos. Las palabras no consiguieron salir de mi boca. Me limité a sonreír y abrir las manos para simular lo evidente. (p.120)
Recursos inhumanos bebe su trama de los momentos de crisis económica que atravesamos y del acuciante paro. El protagonista es un directivo de empresa, venido a menos y con 50 años de edad, que ve un futuro muy negro al no obtener trabajo en ninguna empresa. Al ser despedido de una compañía de mensajería en la que trabaja,por un comportamiento algo inadecuado, su futuro es aún más negro. Le sale una oportunidad, cuando una empresa de altura le llama para participar en un concurso de oferta de trabajo en la que hay un juego de rol de por medio.
Alain Delambre invierte toda su ilusión y el dinero que le queda a él y el de su hija, por medio de engaños, para poder hacerse con ese trabajo. Lo que no espera es que la empresa ya sabe que él no va a ser el contratado ya que tienen concertado con una mujer joven ese puesto de trabajo.
"Me acorralan mis mentiras. He acumulado tantas durante tanto tiempo… Decir ahora la verdad a Nicole es superior a mis fuerzas. Nos robaron la confianza en nuestra propia vida, nuestra seguridad, nuestro futuro. Eso es todo lo que quería reconquistar. ¿Cómo explicárselo?" (p. 292)
Recursos inhumanos es una impresionante novela sobre los tiempos de crisis y desesperación. Es un thriller de tipo hipnótico sobre la angustia de una persona que ha perdido todo pero que desea recuperar la confianza de los suyos. Aunque a la postre pierda todo en la vida. Pero lo interesante de esta nueva novela de Pierre Lemaitre es la facilidad que tiene para sorprendernos con propuestas absolutamente diferentes en cada libro que nos escribe. Y, como siempre en sus historias, una gran variedad de giros inesperados, un momento en el cual -al tercio del libro- parece que ya todo ha acabado y que el autor no sabe cómo salir y, sin embargo, da un salto mortal y nos descubre las bambalinas del pensamiento del protagonista. Y aún así, nos vuelve a sorprender otras varias veces dejándonos perplejos ante la inusitada salida de algunos puntos de la trama. Y con este texto espero no destrozaros nada de la sorprendente y adictiva historia que nos cuenta Pierre Lemaitre, el mejor autor mundial de thriller y acumulador de todos los premios habidos y por haber.
Curiosa la frase con la que comienza este libro, y que nos es otra que el comienzo de El Gatopardo, con el que tiene algún punto en común esta absorbente historia contemporánea que nos ofrece  Recursos inhumanos.
"Nunca he sido un hombre violento. No me viene a la memoria ningún momento en el que haya querido matar a nadie. Sí que he tenido ataques de ira de vez en cuando, pero nunca la voluntad real de hacer daño. De destruir. Así que, claro, estoy sorprendido. La violencia es como el alcohol o el sexo: no se trata de un fenómeno, es un proceso. Entramos en ellos casi sin notarlo, simplemente porque estamos maduros, porque nos llegan en el momento justo. Me daba perfecta cuenta de que estaba enfadado, pero nunca habría imaginado que aquello se transformaría en furia despiadada. Y es eso lo que me da miedo." (p.13)